Estamos bien.
Un tipo se acerca al auto, yo tomaba un
café, estaba estacionado en la calle; platicaba, reía y hacia reír
con mis malos chistes, se iluminaba la sonrisa de una guapita que me
acompañaba, estaba vulnerable.
No me paso nada, es decir no estoy mal
herido, ni siquiera bien herido, estoy, bien.
Se acerco al auto, pregunto la hora,
saco una pistola corto cartucho la mostró ferozmente y me pidió mi
celular, y el de ella; gracias a la escalada de violencia en el país,
la que a diario cubre la prensa, sabía que era posible que usara el
arma, podría dispararle a ella o a mi, que las cosas son así, podríamos
convertirnos en esa estadística.
Insisto no nos paso nada.
Nunca había estado tan cerca de una
pistola, no de una que me mirara como un objetivo franco, el tipo se
puso cada vez más nervioso, mi celular ya tenia un rato sin pila y
lo había guardado junto con mi laptop en la cajuela, eso me quedo
claro la otra vez que rompieron el vidrio de mi coche para sacar mi
mochila, de hecho aquella ocasión aprendí a desprenderme de las
cosas, ningún objeto es necesario, ni importante.
Ayer lunes desperté con resaca
moral, me desperté con la sensación de vacío, de impertinencia, de
absurdo, la profunda e insoportable levedad del ser, el asco de la
cosificada vida, todo lo que no soy, todo lo que nunca he sido y todo
lo que ya no podre ser. El sábado pasado una horda de sociofilos
bien adaptados me preguntaban sobre mis éxitos, sobre la novia que
no tengo, los hijos que no espero, sobre la carrera que no termino y
la que no empiezo, sobre mis ideas de bienestar que de nada sirven,
mi afán estéril de cambiar el mundo, al parecer no soy
suficientemente joven para tener ideales, ni lo suficientemente listo
para entender que el momento de madurar ya había pasado.
Ese lunes me pregunte porque no me
conformaba con un trabajo godines, unos pesos, conseguirme una novia
formal, buscar un lugar para vivir, dejar de estorbar, por qué
demonios no podía seguir las instrucciones para una vida normal, soy
chilango, tengo 26, y no tengo nada.
Por supuesto que un asaltante con un
hermosa pieza de ingeniería bélica, no podía entender que no tenía
nada. Me insulto, me amenazo, me grito, me humillo, lo tranquilice,
coopere, somos iguales (pero él tenía un arma).
Me preocupaba ella, en ese momento la
entendía como lo más valioso en riesgo y no quería que le pasara
nada, mis ideas se encaminaban en protegerla, lo poco que podía.
Insisto no paso nada.
Me asusto mi insensibilidad, el frio
temple con el que persuadí a un sujeto armado que su proceder no era
necesario, que el alarde violencia era efímero, que mesurara sus
movimientos, todos conocíamos la obra y sabíamos que papel jugar.
En algún momento le ofrecí un cigarro, bueno, le extendí la
cajetilla de Delicados porque me pareció sensato, por supuesto no la
acepto. El tipo se relajo, midió sus movimiento de nuevo y coloco el
arma directo a mi cara, sólo pensé, qué bonita es.
Insisto no me paso nada.
Con un celular y una cadena el tipo se
fue. Abrace a la mujer que me acompañaba, la consolé, no paso nada,
estamos bien, no te sientas mal son cosas, ahora avisa a todos por si
el ladrón resulta ser también un estafador o extorsionador, la
información siempre es más importante que los objetos.
No ha pasado nada.
Es la primera vez que alguien me apunta
con un arma y sólo pensé, sí que es una hermosa pieza de metal.
También pensé otras estupideces, pensé en activar el “panic”
del coche, incluso encendí el auto cuando el tipo se acerco
demasiado, apague el coche, se me ocurrió salir del auto y
enfrentarlo, también vigile sus manos, la que no sostenía el arma
hurgaba en el coche, temí que hurga en las ropas de mi acompañante,
en su cuerpo, lo hizo para buscar una cadena y en ese momento ella se
la dio, no hizo más.
La sensación de impotencia, miedo,
coraje, ira, desesperación, humillación y vulnerabilidad llego
después, mucho después, ya en el resguardo de mis cobijas, en casa,
sucedieron por mi cabeza todos los hubieras, los que no hice, los que
él no hizo, no nos disparo, no nos golpeo, no morí, nadie lo hizo,
no escapamos, no lo evite, me distraje completamente, estaba
concentrado en la guapa que me acompañaba, y uno se siente culpable
de todo eso, no sé, siento la responsabilidad de proteger, de
brindar seguridad, y falle.
Insisto no paso nada.
Pedí disculpas por algo que no había
hecho pero no evite, qué más podía hacer. Impotencia.
Empatía. En estos días he hablado
mucho de desigualdad en la distribución de la riqueza, en la
pobreza, me he llenado la boca de estadísticos e indicadores de la
vida cotidiana en México, explique con ellos, a mi entender las
cosas de la violencia, los miles de muertos, todos los mexicanos que
murieren por dinero, por droga, por plazas públicas, porque alguien
más así lo quiso, dicen que son malos, personas que se van por la
vida fácil, locos que no quieren trabajar, a veces hasta pienso que
la diferencia entre ellos y yo, es que yo leo, estudio y grito, ellos
disparan, sólo somos mexicanos.
No me duele nada. Es lo que nos pasa a
todos. Es así. Hay que cambiarlo. Está mal. Es feo. Aprendí.
Creo que si paso algo.
(Lo releí y ahora estoy seguro de que
algo en mi está mal, pero no sé qué parte, a lo mejor es la parte
en la que leo).
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