martes, 7 de mayo de 2013

Ayer me asaltaron.


Estamos bien.

Un tipo se acerca al auto, yo tomaba un café, estaba estacionado en la calle; platicaba, reía y hacia reír con mis malos chistes, se iluminaba la sonrisa de una guapita que me acompañaba, estaba vulnerable.

No me paso nada, es decir no estoy mal herido, ni siquiera bien herido, estoy, bien.

Se acerco al auto, pregunto la hora, saco una pistola corto cartucho la mostró ferozmente y me pidió mi celular, y el de ella; gracias a la escalada de violencia en el país, la que a diario cubre la prensa, sabía que era posible que usara el arma, podría dispararle a ella o a mi, que las cosas son así, podríamos convertirnos en esa estadística.

Insisto no nos paso nada.

Nunca había estado tan cerca de una pistola, no de una que me mirara como un objetivo franco, el tipo se puso cada vez más nervioso, mi celular ya tenia un rato sin pila y lo había guardado junto con mi laptop en la cajuela, eso me quedo claro la otra vez que rompieron el vidrio de mi coche para sacar mi mochila, de hecho aquella ocasión aprendí a desprenderme de las cosas, ningún objeto es necesario, ni importante.

Ayer lunes desperté con resaca moral, me desperté con la sensación de vacío, de impertinencia, de absurdo, la profunda e insoportable levedad del ser, el asco de la cosificada vida, todo lo que no soy, todo lo que nunca he sido y todo lo que ya no podre ser. El sábado pasado una horda de sociofilos bien adaptados me preguntaban sobre mis éxitos, sobre la novia que no tengo, los hijos que no espero, sobre la carrera que no termino y la que no empiezo, sobre mis ideas de bienestar que de nada sirven, mi afán estéril de cambiar el mundo, al parecer no soy suficientemente joven para tener ideales, ni lo suficientemente listo para entender que el momento de madurar ya había pasado.

Ese lunes me pregunte porque no me conformaba con un trabajo godines, unos pesos, conseguirme una novia formal, buscar un lugar para vivir, dejar de estorbar, por qué demonios no podía seguir las instrucciones para una vida normal, soy chilango, tengo 26, y no tengo nada.

Por supuesto que un asaltante con un hermosa pieza de ingeniería bélica, no podía entender que no tenía nada. Me insulto, me amenazo, me grito, me humillo, lo tranquilice, coopere, somos iguales (pero él tenía un arma).

Me preocupaba ella, en ese momento la entendía como lo más valioso en riesgo y no quería que le pasara nada, mis ideas se encaminaban en protegerla, lo poco que podía.

Insisto no paso nada.

Me asusto mi insensibilidad, el frio temple con el que persuadí a un sujeto armado que su proceder no era necesario, que el alarde violencia era efímero, que mesurara sus movimientos, todos conocíamos la obra y sabíamos que papel jugar. En algún momento le ofrecí un cigarro, bueno, le extendí la cajetilla de Delicados porque me pareció sensato, por supuesto no la acepto. El tipo se relajo, midió sus movimiento de nuevo y coloco el arma directo a mi cara, sólo pensé, qué bonita es.

Insisto no me paso nada.

Con un celular y una cadena el tipo se fue. Abrace a la mujer que me acompañaba, la consolé, no paso nada, estamos bien, no te sientas mal son cosas, ahora avisa a todos por si el ladrón resulta ser también un estafador o extorsionador, la información siempre es más importante que los objetos.

No ha pasado nada.

Es la primera vez que alguien me apunta con un arma y sólo pensé, sí que es una hermosa pieza de metal. También pensé otras estupideces, pensé en activar el “panic” del coche, incluso encendí el auto cuando el tipo se acerco demasiado, apague el coche, se me ocurrió salir del auto y enfrentarlo, también vigile sus manos, la que no sostenía el arma hurgaba en el coche, temí que hurga en las ropas de mi acompañante, en su cuerpo, lo hizo para buscar una cadena y en ese momento ella se la dio, no hizo más.

La sensación de impotencia, miedo, coraje, ira, desesperación, humillación y vulnerabilidad llego después, mucho después, ya en el resguardo de mis cobijas, en casa, sucedieron por mi cabeza todos los hubieras, los que no hice, los que él no hizo, no nos disparo, no nos golpeo, no morí, nadie lo hizo, no escapamos, no lo evite, me distraje completamente, estaba concentrado en la guapa que me acompañaba, y uno se siente culpable de todo eso, no sé, siento la responsabilidad de proteger, de brindar seguridad, y falle.

Insisto no paso nada.

Pedí disculpas por algo que no había hecho pero no evite, qué más podía hacer. Impotencia.

Empatía. En estos días he hablado mucho de desigualdad en la distribución de la riqueza, en la pobreza, me he llenado la boca de estadísticos e indicadores de la vida cotidiana en México, explique con ellos, a mi entender las cosas de la violencia, los miles de muertos, todos los mexicanos que murieren por dinero, por droga, por plazas públicas, porque alguien más así lo quiso, dicen que son malos, personas que se van por la vida fácil, locos que no quieren trabajar, a veces hasta pienso que la diferencia entre ellos y yo, es que yo leo, estudio y grito, ellos disparan, sólo somos mexicanos.

No me duele nada. Es lo que nos pasa a todos. Es así. Hay que cambiarlo. Está mal. Es feo. Aprendí.

Creo que si paso algo.

(Lo releí y ahora estoy seguro de que algo en mi está mal, pero no sé qué parte, a lo mejor es la parte en la que leo).

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